Conexión Cantera

"El error como maestro: entrenar la mente desde la base"
En este episodio de Conexión Cantera hablamos con el psicólogo del CD Leganés, que comparte cómo se trabaja la gestión del error en el fútbol formativo. A través de un enfoque integrador entre lo físico, lo técnico y lo psicológico, nos adentramos en tareas diseñadas para provocar errores de forma intencionada, crear entornos de seguridad emocional y formar jugadores capaces de tomar decisiones bajo presión. Desde la atención plena hasta el uso de neuroentrenamiento, el objetivo está claro: que el error deje de ser una amenaza y se convierta en una herramienta de aprendizaje.

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2025-05-26
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35:38

Transcripción

Muy buenas a todos y bienvenidos a Conexión Cantera. Hoy estamos en compañía de un profesional que trabaja como psicólogo en la cantera del Club Deportivo Leganés. Hola, ¿qué tal? ¿Cómo estás?

—Buenas tardes, ¿cómo estás?

Muy bien, gracias por estar con nosotros. Eres un invitado muy especial para mí, sobre todo por la conexión que hemos compartido en las varias conversaciones previas a esta. Hoy vamos a hablar sobre un tema muy interesante: la gestión del error y cómo se maneja emocionalmente en el fútbol formativo. Pero antes de entrar en materia, cuéntanos un poco sobre ti y tu rol dentro de la cantera del Leganés.

—Bueno, siempre he perseguido integrar el aspecto físico con el psicológico. Actualmente soy psicólogo en las categorías sub-23 y sub-21. Empecé como preparador físico, pero poco a poco fui incorporando el componente psicológico hasta dedicarme exclusivamente a ello. Trabajo con neuroentrenamiento, aplicación cognitiva de la neuropsicología, psicología deportiva… y ya he dejado la preparación física en manos de profesionales más especializados en esa área.

Entonces ahora estás centrado exclusivamente en la psicología, ¿no?

—Sí, prácticamente sí. Gracias al cuerpo técnico, puedo integrar mi trabajo en la programación semanal. Participo en las sesiones de entrenamiento, no solo desde el aspecto psicológico, sino también con tareas de campo.

Entrando ya en el tema, que es bastante amplio e interesante: con tu experiencia, ¿cómo percibes los errores en el juego por parte de los futbolistas de cantera? ¿Notas diferencias según la edad?

—Sí, sin duda hay diferencias. Pero primero, quiero enmarcar esto dentro de la etapa formativa. El fútbol en la cantera debe entenderse como un juego. Nos alejamos del contexto del alto rendimiento, donde la presión está mucho más enfocada en los resultados. En la formación, tenemos que acompañar al niño o al joven en su desarrollo, y eso incluye su relación con el error.

Desde pequeños, debemos enseñarles que el error no es algo negativo, sino una tentativa hacia el acierto. Es decir, forma parte del proceso de aprendizaje. La manera en la que se gestiona el error desde la base va a marcar cómo lo gestionará ese jugador en el futuro, tanto en su etapa juvenil como en su vida adulta.

¿Y qué papel juegan los adultos en esa gestión del error?

—Un papel fundamental. El entorno, incluidos entrenadores, padres y demás adultos, tiene mucho peso. Por ejemplo, si vamos a un partido de benjamines, veremos cómo desde la grada se señala constantemente el error: del árbitro, del rival, incluso del propio niño. Escuchamos a entrenadores gritar cuando un niño comete un fallo. Todo eso limita la autonomía y la toma de decisiones del jugador.

Hay que trabajar desde la confianza, en un entorno de seguridad psicológica. El niño debe saber que puede equivocarse sin miedo, porque eso forma parte de su camino hacia el aprendizaje. Si el feedback que damos es únicamente señalar el error o gritar, el niño va a dejar de decidir por sí mismo y solo buscará complacer al adulto.

¿Cómo se trabaja esto desde una perspectiva más técnica o neurológica?

—Hay varios pilares. Primero, la atención: el niño debe estar presente en la tarea. Luego, el compromiso y la motivación, que son claves desde etapas tempranas. Otro punto esencial es cómo se le da la retroalimentación: no basta con señalar lo que ha hecho mal, sino ayudarle a entender cómo puede hacerlo mejor.

Ese entorno de seguridad es el que va a permitir que el error se perciba como algo natural. Si, por el contrario, hay una presión constante, el niño no aprenderá de forma libre, sino bajo una amenaza. Y muchas veces, esa amenaza no es el fallo técnico, sino la repercusión social del fallo: lo que dirán los padres, entrenadores, compañeros…

Hablabas antes de que participas en tareas de campo. ¿Qué tipo de intervenciones o herramientas utilizas para afrontar el error de forma constructiva?

—Me gusta estar cerca de los jugadores, en el campo. En las sesiones, se escucha constantemente la frase “¡bien hecho!”, incluso en inglés (“well done”), porque trabajamos con muchos jugadores internacionales. Eso genera un clima positivo.

Utilizo lo que algunos psicólogos de la Premier League llaman los tres pilares: atención, compromiso e intención de superarse. Además, integro tareas con doble estímulo (cognitivo y técnico), como ejercicios con pelotas de tenis o estímulos auditivos. Diseño tareas que provocan el error intencionadamente, para que lo vivan con naturalidad y aprendan a gestionarlo.
—Eso está generando un clima determinado —perdón, antes dijiste “crimen”, ¿puede que quisieras decir “clima”?—, y luego, específicamente, yo trabajo lo que se conoce como funciones ejecutivas. Es decir, entrenamos la toma de decisiones para que sean más rápidas, más eficientes, y lo hacemos a través de tareas con doble carga: cognitivas y técnicas al mismo tiempo.

Buscamos que el jugador sea capaz de inhibir estímulos irrelevantes, como por ejemplo el ruido de las gradas o distracciones externas, y se mantenga completamente focalizado en el juego.

Diseño tareas específicas con contenidos técnico-tácticos pero siempre introduciendo variantes. Por ejemplo, usamos colores, trabajamos la velocidad de reacción, empleamos pelotas de tenis para estimular el tren superior mientras se trabaja con el tren inferior, utilizamos estímulos sonoros… También modificamos dimensiones del campo o de los ejercicios para aumentar las oportunidades de contacto con el balón y tomar más decisiones.

En el fondo, lo que hago es provocar errores de manera intencionada. Busco que tanto el niño como el joven los vivan de forma natural, sin dramatismos, como parte del proceso de aprendizaje. Y ahí es fundamental dar un feedback inmediato: si va bien encaminado, reforzar con algo positivo; si se equivoca, corregir la ejecución con calma.

—¿Y ese trabajo lo haces de forma individual o grupal?

—Siempre hay una mirada grupal, pero también individual. Yo casi no trabajo en despacho, a menos que se detecte claramente una necesidad personal que requiera intervención individual. En esos casos, sí lo abordo aparte.

Por ejemplo, trabajamos con algunas tecnologías reconocidas internacionalmente para aspectos neurológicos. Y si hay problemas emocionales o situaciones personales —como puede ser un fallecimiento familiar o un conflicto en casa—, intervengo si el jugador lo solicita o si el cuerpo técnico lo considera necesario.

Sin ir más lejos, esta misma semana un juvenil con el que trabajamos no está compitiendo bien, aunque en los entrenamientos tampoco destaca. Lo que ocurre, probablemente, es que está sintiendo una presión importante, relacionada con sus propias expectativas de llegar lejos. Y eso lo estamos abordando.

También estoy trabajando con un portero sobre el tema que estamos tratando hoy: la gestión del error. Es un perfil que tiende a responsabilizarse en exceso cuando encaja un gol, y es necesario trabajar con él qué significa realmente ese fallo dentro de un proyecto colectivo.

¿Y esto lo haces de forma individual o grupal?

—Mayoritariamente grupal. Trabajo dentro de las sesiones semanales. Pero si hay una necesidad individual —por ejemplo, una situación familiar complicada, una mala racha emocional o una sobrecarga de presión— también abordo esos casos de forma individual. Siempre que sea a demanda, lo atiendo. Lo importante es conocer bien al jugador: sin ese conocimiento, es muy difícil dar un feedback útil.

Respetando la confidencialidad, ¿tienes algún caso que recuerdes especialmente, donde un jugador haya transformado su forma de gestionar el error?

—Sí, recuerdo especialmente el caso de un portero. Me marcó mucho, también porque mi hijo es portero. Es una posición con una carga de responsabilidad tremenda. El delantero puede fallar muchos goles y no pasa nada, pero si el portero falla, normalmente es gol.

Este chico se responsabilizaba excesivamente de los goles recibidos. Trabajamos mucho sobre qué significa el error dentro del proyecto colectivo, sobre su papel en el equipo y sobre cómo relativizar ese fallo. Fue un proceso muy bonito de transformación.

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