Conexión Cantera

En este episodio charlamos con Unai Julián Larrauri, que tras más de una década como preparador y coordinador de porteros en el Athletic Club, comparte con nosotros su pasión, su método y su visión del juego.

 “He vivido el sueño de estar en el club que amo”, nos dice, mientras recuerda cómo ha acompañado a porteros desde alevines hasta el Basconia, viendo su evolución de cerca.

 Su enfoque se apoya en tres pilares:

  1. Perfil físico (altura, agilidad y proyección),

  2. Aspectos técnico-tácticos (blocajes, juego aéreo, 1v1),

  3. Fortaleza mental (valentía, resiliencia, liderazgo).

 Desde ejercicios analíticos hasta trabajo contextualizado con el equipo, el objetivo siempre fue claro: formar porteros sólidos, inteligentes y comprometidos con el juego.

Una charla honesta, pedagógica y llena de fútbol real.
Para escuchar con libreta en mano.

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2025-04-16
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26:13

Transcripción

Bienvenidos a Conexión Cantera. Hoy nuestro invitado es Unai Julián Larrauri. Muy buenas, Unai, ¿qué tal? ¿Cómo estás?
—Muy buenas, Mateo. ¿Qué tal?

Unai acaba de cerrar un ciclo increíble de 11 años como preparador de porteros del Athletic Club. Durante los últimos dos años, además, ha sido coordinador del área de porteros. Hoy hablaremos con él sobre metodología individual de entrenamiento, pero antes empecemos con una pregunta sobre su trayectoria.

Unai, 11 años son muchos. ¿De qué manera ha influido en ti esta etapa?
—Pues sí, Mateo, son muchos. La verdad es que ha influido en todo lo que soy futbolísticamente. Al fin y al cabo, el contacto continuo con los chavales, con los entrenadores, con la gente con la que he compartido estos años… todo ha sido en Lezama. Te puedes imaginar la cantidad de entrenadores que han pasado por allí durante estos 11 años. Esto va de vivencias, de ir metiendo cositas en la mochila. De cada uno sacas algo —más o menos—, pero siempre intentas quedarte con la parte positiva y aprender. En ese sentido, me considero un afortunado. He estado mucho tiempo en el club de mis sueños, del que soy, al que quiero y al que llevaré siempre conmigo.

Increíble. La experiencia que me contaste de ver a porteros en categoría alevín y luego reencontrarlos en el Athletic Club C… si no me equivoco, en el Basconia. Tiene que ser una emoción única.
—Sí, la verdad es que es una suerte. No es que dejes de verlos durante todos esos años, porque los sigues cruzando en entrenamientos o partidos. Pero claro, compartir de nuevo el campo, como hace 10 años cuando eran alevines, y verlos ahora como adultos… es una experiencia muy enriquecedora.

Vamos a entrar en la parte metodológica. ¿Cuál es el perfil que siempre habéis buscado dentro de la cantera del Athletic Club para los porteros?
—Nosotros teníamos unas líneas muy claras, aunque no siempre se podían cumplir. Quien nos escuche debe saber que el Athletic Club solo ficha jugadores nacidos en Euskal Herria, lo que incluye Euskadi, Navarra y las tres provincias del País Vasco francés. Eso limita mucho el radio de acción, pero también implica cercanía y sentimiento de pertenencia.

Teníamos claro que lo más importante era una cosa: que el portero pare. Puede parecer una obviedad, pero a veces se nos olvida lo esencial. A partir de ahí, trabajábamos con tres grandes perfiles: físico, técnico-táctico y psicológico.

El perfil físico era clave. Porteros por debajo del 1,85 m, directamente no los queríamos. Sabemos que hay excepciones —David Raya en el Arsenal o Aitor Fernández, que también salió de Lezama—, pero la realidad es que en la élite, la mayoría de porteros están por encima del 1,85 m. En categorías como alevines, podías ver chavales muy ágiles, pero si los padres medían 1,60 m, era difícil que llegaran a cumplir el requisito físico para Primera División. Esto no es ciencia exacta, pero sí una referencia clave. Incluso pedíamos radiografía de muñeca para estimar crecimiento.

El perfil técnico-táctico, aunque importante, creíamos que podía trabajarse. Cosas como blocajes, juego aéreo, situaciones de uno contra uno, comprensión del juego… eso sí podíamos mejorarlo con buena metodología. A veces fichábamos chavales con poco bagaje, pero que destacaban en reflejos o coordinación por venir, por ejemplo, de deportes como la pelota vasca. Si sumaban buenas condiciones físicas y proyección de altura, creíamos que había potencial.

El perfil psicológico también era muy valorado. Observábamos cómo reaccionaban ante los errores, cómo se relacionaban con el grupo, si eran valientes, decididos, resilientes. El portero del primer equipo va a jugar delante de 50.000 personas, y no puede venirse abajo. Es un factor determinante.

Perfecto. Y en cuanto a las tareas dentro del entrenamiento, ¿cómo estructurabais el desarrollo desde lo básico hasta el juego contextualizado?
—Durante años estructuramos los aspectos técnicos en fases: aprender, perfeccionar y dominar, sobre todo en los tres primeros años, que son fundamentales. En el caso de porteros que llegaban más tarde, como en cadetes, se valoraba lo que traían y se adaptaba el trabajo.

Teníamos ejercicios base muy analíticos al principio, para afianzar técnica: blocajes, desvíos, uno contra uno, juego aéreo… Estaba todo dividido en bloques. El bloque 1 era blocajes y desvíos, el 2 el uno contra uno, el 3 el juego aéreo, y los bloques 4 y 5 eran ofensivos (juego de pies, salidas, etc.).

A nivel metodológico, dábamos mucha importancia al blocaje. Es verdad que hay una tendencia creciente a desviar, por la violencia de los disparos o el tipo de balones actuales, pero nosotros insistíamos: blocaje, blocaje, blocaje. Si lo atrapas, no hay segunda jugada.

El trabajo ofensivo se hacía más en situaciones de equipo. Por ejemplo, en juego de pies, los porteros podían practicar orientaciones o controles, pero ese trabajo realmente toma sentido cuando se entrena en contexto con el equipo.

En defensa, sí que teníamos tareas analíticas que “pitaban”, como decíamos: si no haces lo que toca, el propio ejercicio te lo deja claro, no hace falta que el entrenador te lo diga. Por ejemplo, ejercicios para la bajada del centro de gravedad en el uno contra uno, para frenar a tiempo, interpretar la distancia con el balón, meter la mano… todo muy detallado desde las primeras etapas (alevines e infantiles).
Ese pico de testosterona que suelen tener los chavales llega normalmente entre los 13, 14 o 15 años, dependiendo de si son más precoces o más tardíos. Lo que buscamos es que lleguen a esa etapa con su patrón técnico bien definido. Es decir, que sean porteros muy limpios técnicamente, para que luego puedan desarrollarse mejor en el juego a partir de una base sólida de acciones técnicas.

Por supuesto, después vendrá la comprensión del juego. No digo que todo el trabajo tenga que hacerlo el entrenador de porteros, pero durante muchos años hemos dado mucha importancia a ese tipo de ejercicios. Y creo que el trabajo que hemos hecho varios entrenadores de porteros se ha notado, porque los porteros están saliendo.

No sé si he respondido del todo a tu pregunta desde un punto de vista metodológico, pero creo que sí. La idea principal es que los jugadores, para llegar a ciertas categorías, tienen que tener unos conceptos mínimos, sí o sí, porque lo exige el nivel competitivo del fútbol de alto rendimiento.

Fíjate, Mateo, que en esas primeras captaciones —cuando tienen ocho o nueve años—, encuentras porteros que han tenido suerte porque en su club cuentan con una estructura de entrenamiento de porteros. Pero también fichas a porteros por su perfil, aunque estén —por decirlo de alguna manera— “asilvestrados”, sin apenas nociones técnicas. Paran porque lo tienen innato, porque son rápidos, porque son valientes o porque su padre jugó de portero.

Pero claro, si vienes de un pueblo donde no hay entrenamiento específico de porteros, te puedes imaginar cómo llegan esos chicos. Por eso queríamos igualar y cerrar ese patrón técnico entre los que han tenido una base de trabajo y los que no, aunque el nivel sea distinto.

A nivel de juego, lo hemos trabajado de forma más contextualizada, más coral con el equipo. Y hemos tenido suerte, porque —y todavía hablo en primera persona, aunque debería decir “hemos tenido”—, los entrenadores de porteros han estado presentes en todas las etapas y tareas con el equipo.

Eso quiere decir que, ya sea en una finalización o en cualquier tarea global —pequeña, grande, lateral, juego corto, llegadas—, siempre había un entrenador de porteros acompañando. Y ahí estaba también la clave: hacer reflexionar al portero.

Preguntarle:
—¿Por qué has hecho esto?
—¿Por qué no lo has hecho?
—¿Te has fijado en tal situación?
—¿Qué podrías decirle a tu compañero?

Todo eso hace que los porteros empiecen a incorporar matices al juego. Al final, cuanto más conscientes son de sus capacidades y limitaciones, y cuanto más se relacionan con sus compañeros, mejor juegan. Esa era nuestra intención como entrenadores de porteros.

Ahora, como bien sabes, es un club donde cada cuatro años cambia la junta directiva, y con ello, muchas veces, cambia también el enfoque. Hay momentos donde se da más o menos importancia al entrenamiento específico. Pero en los 11 años que estuve, los entrenadores de porteros formamos parte muy activa del proceso.

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